VOLVER

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Un día como hoy, hace ya diez años, sentí que la única manera de continuar mi camino era cogiendo lo poco que entrase en una maleta y huir, literalmente, de Vigo.

Aquel día, justo un instante después de tomar la decisión, pude observar atónita como mi vida comenzaba a desdoblarse mientras emergía, junto a una especie de alarido agudo y chirriante, un nuevo y desconocido universo paralelo al otro lado de la pared. Se abría un nuevo mundo, una nueva oportunidad de vida basada en una simple y sencilla decisión: Hacer un salto entre universos.

En una de las vidas habitaba una Yo aturdida, saturada, enfadada, frustrada y paralizada por la culpa de necesitar huir. En la otra nacía una Yo semejante que tenía claro que, o hacía caso a su instinto, o se apagaría como una vela a la que le queda poco oxígeno a su alrededor.

En aquel momento escogí la alternativa que me llevaría lejos. Tampoco demasiado, 600 km eran suficientes para encontrar un lugar en donde aprender a respirar. Esa elección me regaló la oportunidad de conocer nuevas caras, nuevos retos, algún que otro éxito, nuevas perspectivas… pero sobre todo, la oportunidad de descubrir-me en este otro mundo.

Una de las grandes razones por las que decidí cambiar de universo, fue para escapar de la vulnerabilidad y el miedo que me perseguía en la otra vida.

En aquel momento todavía no sabía que algo que solo puedes deshacer desde dentro te suele acompañar de la mano sea cual sea el destino que escojas. Pero estas cosas solo se descubren viviendo. De esto me di cuenta cuando, al cabo de los años, cada vez que volvía al origen, parecía como si los dos universos se entrelazasen de nuevo. Los estruendos que parecían salir de la unión de las paredes cósmicas hacían tambalear cada uno de mis cimientos, cada una de mis nuevas creencias, cada una de mis fuertes y estables firmezas. Cada vez que regresaba, se abría un vórtice que me recordaba que, al otro lado, posiblemente todavía existía una yo que, estuviese en donde estuviese, se negaba a evolucionar.

Hace ya algún tiempo que deseo fervientemente volver. Necesito respirar salitre cada día, ponerme a prueba con nuevos retos, degustar otro concepto de éxito y escribir sobre ese tercer universo que sé que nunca debería explosionar más allá de mis páginas. El instinto me dice que ya voy algo tarde, que ya es hora de atreverse y que no hay mejor lugar para construir todo esto, que allí.

Llevo ya mucho dándole vueltas a cómo poder conseguirlo, a como poder retornar. Porque para hacerlo, antes debía solventar una condición que me había impuesto y que implicaba una paradoja en si misma: NO VOLVER.

Me había quedado claro todos estos años que volver no era una opción. Por lo menos no en esta vida, en esta que había escogido. Y, tras mucho cavilar, encontré la solución en un sencillo cambio semántico;

No voy a volver, voy a ir.

Porque la única manera de hacerlo es continuar el camino, nunca desandarlo.

Cada vez que tomamos una decisión importante en nuestras vidas, escogemos una opción. Como si de una serie de ciencia ficción se tratase, abrimos un vórtice hacia el universo paralelo más cercano. Ese que contiene mayores posibilidades de encontrar lo que realmente buscamos.

En este viaje entre mundos, nos re-encontraremos con lugares, personas, y situaciones parecidas, pero que nunca serán las mismas. Vamos diseñando nuestra vida dejando inevitablemente atrás otros tantos mundos que no deben mantenerse vivos más que para ser un leve recuerdo de cómo hemos llegado hasta aquí.

Cada nuevo universo nos acerca un poco más hacia nuestros sueños. Y los míos, siguen siendo las historias que habitan al otro lado y oler cada mañana el mar.

 Sic mundus creatus est.”

Dark

Foto: Dark. Baran bo Odar y Jantje Friese.

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