Camina decidido y a velocidad constante: demasiado lento para mi ritmo, demasiado rápido para conseguir dejarlo atrás. Llego tarde a fisioterapia. Intento adelantarlo, pero me quedo pegada a él, como si pretendiese entablar una conversación. Decelero y busco en el bolso algo que no existe. El semáforo se pone en rojo. El hombre cruza; yo no. Mientras espero, recorro los dientes con la lengua. Cada vez están más apiñados, como mi sonrisa. Debería eliminar a Damian Rice de todas mis listas de reproducción. Me apretujo el abrigo y observo cómo se aleja. Con la música, todo es más dramático. Verde; la vida sigue. Ya son varias personas las que me alientan con la mirada. Debes de tener el día estrella, me digo. Aun así, me toco cada cierto tiempo la nariz; cuando hace frío no suelo sentir las velas. Tampoco las lágrimas. Compruebo que todo está bien. Es invierno y tengo que recordarme que te eché. O me echaste, qué sé yo. Me quito el abrigo y espero. Van con retraso, así que se me da por pensar en si nos habremos conocido por brillo o por mocos. Levanto una pierna, la otra. Giro. Me dice que el dolor es consecuencia de cómo camino. Asiento con la cabeza y sonrío. Parece ser que no hay duda: por mucosidad.
Deja una respuesta