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Iria del Bosque

INFIERNO

Volví a caer al vacío. Una montaña monstruosa de huesos polvorientos y rotos apaciguó el impacto. Me recibió en su regazo como a una recién llegada, una de tantas. Sobre la cima llovían cenizas y huesos que repicaban en un réquiem de golpes secos y constantes. Caían piezas grandes, pequeñas, fuertes, destruidas… El vertedero del tiempo recogía los restos más densos de la humanidad: cuerpos inservibles y almas aturdidas que no reconocían el camino para poder regresar.
Las calaveras bramaban mi nombre con voz fatigada. Tenía los pies desnudos, acuchillados por las astillas. Las manos, entumecidas. El espíritu, avasallado. Descendí agarrándome a lo que pude. Palpaba los agarres: costillas, húmeros, cráneos… Los huesos crujían bajo cada zancada. Me agarré a unas cuencas inertes. El cuerpo me pesaba cada vez más. No llegaba a ninguna parte.

El infierno parecía ser una atalaya de muerte que no tenía principio.

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