Lejos del estereotipo occidental de mujer malvada que rinde pleitesía al demonio, las brujas, en la antigüedad, eran conocidas como mujeres sabias, salvajes e intuitivas que poseían un gran conocimiento tanto del ámbito de la literatura y el pensamiento como del mundo interior. Se las comprendía como mujeres místicas, conectadas con la naturaleza y con una excepcional capacidad de entender y acceder al universo subterráneo de la mente.
Mas, sin lugar a dudas, también las envolvía un aura de misterio que provenía de los profundos dominios que se les atribuían: conocimientos de alquimia, demonología —conexión con los espíritus—, así como la adivinación o la manipulación de acontecimientos difícilmente explicables desde las leyes de la naturaleza. Talentos que aparecen reflejados en todas las culturas a través del tiempo y que las convertían en seres complejos, autónomos, y, sobre todo, poderosos.
Este modo de albergar la vida como una experiencia necesariamente libre, ligado a su tradición de transferir de manera transgeneracional su ancestral sabiduría, hizo que las corrientes de pensamiento patriarcal, así como los poderes políticos y religiosos de cada época, las temieran, odiaran, despreciaran y finalmente persiguieran. Un castigo que consiguió adormecer su leyenda, pero no aniquilarla.
Yo no sé a vosotras, pero a mí, cada vez que escucho la palabra bruja, me aflora la necesidad de recuperar todo aquel dominio perdido. Porque, si entendemos la mentalidad mágica como uno de los aspectos de la esencia humana, todavía hoy podremos encontrar todo ese conocimiento olvidado entre la filosofía, las religiones, el arte y la ciencia. Y, tras interpretar e interiorizar todo aquello que nos haya llamado a gritos —tal que vademécum que ansía llegar volando hacia nuestras manos—, seremos capaces de poner en práctica todos esos hechizos que nos permitan seguir transformando el mundo a mayor velocidad.
Fusionemos pensamiento e intuición. Pongamos en activo nuestra propia mirada, nuestro conocimiento, nuestra esencia interior y esa magia que nos caracteriza. Porque nosotras, las brujas, ¡hemos vuelto!
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