Sentía dolor, el mismo que la acompañaba desde que su cuerpo se había convertido en cuerpo. No veía. No olía. No rozaba. Solo percibía los huesos húmedos y las entrañas ásperas. Experimentaba la idea líquida y furiosa de haber sido, a pesar de que, estando más viva que nunca, ya no era. La velaba como el siervo que se entrega a su dueña, con admiración. Desde cerca. Sin apretar. Sin ahogar.
El dolor siempre la había tratado bien. Aunque, en cuanto abriese los ojos, no lo fuese a recordar.
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