Los dedos se le escurrieron de entre los de su amiga, que hacía esfuerzos por guiarla a través de la multitud. M avanzaba tras sus pasos apartando cuerpos a ambos lados del camino. Hacía foco en sus pies para huir del parpadeo de las luces. La pista de baile era una tormenta que no quedaba más remedio que atravesar.
La ola se abalanzó sobre ella; encogió los brazos para mantenerse a flote y contuvo la respiración. Cuando se dio cuenta, empapada por la ráfaga violenta de una copa, ya estaba a la deriva. Alzó el cuello por encima de la marea de cabezas y gritó su nombre. Ni siquiera fue capaz de escucharse a sí misma entre tanto estruendo. La gente volvió a zarandearla. Se quedó quieta; desorientada. Apretó los dientes y después soltó un rabioso alarido. El mundo siguió fluyendo ajeno a su rebeldía. Lanzó un nuevo chillido. Gritó, gritó, gritó. Levantó los brazos y siguió gritando.
Llegué en forma de escalofrío, como siempre lo hace la noche.
Las primeras notas se le pegaron a las yemas de los dedos; se movían caóticas. Ahora, era la música la que gritaba mi nombre, la que se encargaba de vociferar al mundo la rabia de M, la que me esparcía sobre el pecho de cada una de las almas que oscilaban en busca de libertad.
Dibujé el camino antes de que la marea pudiera borrarlo. Serpenteé el delirio por todo su cuerpo. Pisó el surco y vino hacia mí.
Pero la realidad la encontró primero.
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