La cola crea un tapón desde el descansillo de las escaleras. Siempre es la misma fila, pero nunca llegas a ser la última; avanza rápido, más de lo que a muchos nos gustaría.
— El siguiente.
Como todo en la vida, sabes que te va a tocar. Unos entran por una puerta y otros salen por la otra; no hay escapatoria. De los que vamos soy la única con la manga recogida; el cielo amaneció encapotado y la brisa marina siempre me engaña a estas horas.
— El siguiente.
Si te fijas bien, las personas entran siendo adultas y salen siendo niños. Están los que te buscan cómplices mientras aprietan, y los que huyen guiándose por tus pies a contra fila. Demasiado temprano para contentar a alguno.
— El siguiente.
De los seis puestos, uno queda vacío. Doy el paso, pero espero a que recoja los tubos: nombres, apellidos, erre haches… vulnerabilidad.
— El siguiente —me vuelve a gritar la de la vieja escuela y después farfulla algo que, sin café, me cuesta procesar.
Me acomodo, arrepechugo el bolso y tiendo el brazo.
— Es que sois tan modositos.
Lo asimilo varios segundos después.
Respetuosa, pienso. Prudente, considerada, algo pasivo-agresiva. Pero modosita no, seño.
Se va perfilando el tipo de niña va a salir de aquí.
— ¿Estás en ayunas?
Antes me habría molestado la obviedad, pero un día me eché las manos a la cabeza y contesté que me había bebido el café más grande y rico de mi vida. Sin cafeína solo existo yo, el mundo no aparece. Como cuando estoy borracha o muy cansada; sexy, pero egoísta; ya sabéis, siempre van de la mano.
— Cierra el puño.
Desvío la mirada hacia la estantería. Me propina reiterados toquecitos y resopla; consigue hincharme la del brazo y la de la frente. Saca varios tubos.
— Aprieta y vete.
Y yo, que en este recreo me he convertido en una de esas crías que juzgan, salgo por la puerta sonriendo y diciendo no con la cabeza.
Y aprieto.
Aprieto fuerte.
Aprieto fuerte pero mal; un poquito más arriba.
Y siento calor porque soy la única gilipollas que se ha puesto un jersey en plena ola de calor y me chorrea el sudor por el brazo. Para juzgar, sin café, también soy bastante egocéntrica.
Aprieto fuerte el dedito y los dientes.
Y ahora que ya no está la seño, miro, valiente.
Y veo los chorros de sangre que embarran la gasa testimonial, el brazo y el juicio.
Me desplomo en la primera silla de la primera sala sin gente —porque desmayada sí, pero siempre digna—.
Nunca le tuve aprensión a los hospitales ni a la sangre, hasta aquel día en el que casi me muero. Mucho misticismo, mucha conexión y mucha hostia, pero miedo siempre hay. Porque lo que queda sin hacer o sin decir te mira a los ojos como el más cruel de los demonios.
Y regresé allí con un vahído, a la contracción de vida en su último minuto. Y volví a ver la luz, sentir el frío y hablarle al Señor. Pero esta vez, al único al que me encontré fue a uno, perdido, al que no le había dado la gana de guiarse por los pies de la contra cola.
— El siguiente.
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